Taller de libros para niñ*s
25 proyectos con papel para doblar, coser, pegar, ensamblar, desplegar y dibujar

Un libro de Esther K. Smith

Disponible

19,90 €

¡25 propuestas increíbles para que los más pequeños de la casa aprendan a crear sus propios libros!

> Libros con bolsillos secretos, sencillos pop-ups, libros serpenteantes, libros rascacielos, acordeones autobiográficos, libros selváticos, libros mochila, libros-helado libros-pájaro…

> Con instrucciones muy fáciles de seguir e ilustradas paso a paso.

¡Una fuente de inspiración inacabable para convertirse en el mejor inventor de libros!

Descripción técnica del libro:

22 x 22cm
144 páginas
Español
ISBN/EAN: 9788425230912
Tapa flexible
2018


Descripción
Descripción

Detalles

¡25 propuestas increíbles para que los más pequeños de la casa aprendan a crear sus propios libros!

> Libros con bolsillos secretos, sencillos pop-ups, libros serpenteantes, libros rascacielos, acordeones autobiográficos, libros selváticos, libros mochila, libros-helado libros-pájaro…

> Con instrucciones muy fáciles de seguir e ilustradas paso a paso.

¡Una fuente de inspiración inacabable para convertirse en el mejor inventor de libros!

Esther K Smith es creadora de libros de artista y comparte sus conocimientos con los más pequeños en los talleres que realiza periódicamente en el Museum of Art and Design, perteneciente al Cooper Hewitt Museum de Nueva York.

Índice de contenidos
Índice de contenidos

Índice

Introducción

Cosas básicas
Papel
    Cómo doblar los cuadernillos
Herramientas
    Engrudo
    Cómo pegar piezas de collage
Pesas para libros

Cómo hacer libros que se pliegan
Libro acordeón con bolsillo secreto
Acordeón rascacielos
Libro salamandra serpenteante
Acordeón con bisagras de perro y estrella
Acordeón con bisagras incorporadas
Acordeón recortable
Acordeón autobiográfico
Cucú, el libro de la selva
Libro interior/exterior

Cómo hacer pop-ups
Pop-up de una cara
Libro de picos, pájaros y monstruos pop-up
Pop-up de helado de cucurucho
Pop-ups para recortar y montar
Pop-up de flor giratoria

Cómo decorar el papel
Papeles de burbujas de jabón
Papeles salados
Marmolado de crema de afeitar
Suminagashi
Papeles empastados
Cubiertas de papel empastado para libros acordeón

Cómo hacer libros cosidos
Libro diminuto
Libro con cordón de zapato
    Cuaderno con goma elástica
Libro alfiletero de fieltro
Libro mochila
Libro amuleto de los tres deseos
Folioscopio de pelotas malabares
    Cosido japonés
Libro de bolsas de papel entrelazadas

Recursos útiles
Agradecimientos
Artistas
Índice alfabético
Acerca de la autora

Lee un fragmento
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Texto de la introducción

Introducción

Me encontraba en una sala de espera rellenando formularios. Un chiquillo corría desaforado de un lado a otro armando jaleo y chocándose conmigo cada dos por tres. Cuando terminé con los formularios le hice un libro con un trozo de papel. (Me ofrecí a enseñarle cómo hacerlo, pero me dijo que era demasiado pequeño; era un niño de cuatro años y medio muy alto.) La habitación se quedó en tal silencio que pensé que el niño se había marchado, pero miré y allí seguía, dibujando sin parar. Toda aquella energía saltarina la había absorbido su proyecto. Ojalá pudiera mostraros su maravilloso libro. Creo que, cuando sea mayor, ese libro que hizo conmigo le acompañará. Es posible que no lo recuerde, pero se pasó más de media hora escribiéndolo. Yo me marché antes de que hubiera acabado.

De niña, cuando me ponía enferma y me quedaba en casa sin ir al colegio, recortaba ángeles de papel con mi madre. También me gustaba retorcer el papel de plata del interior de los envases para hacer cintas de Moebius junto a mi padre. Al recortarlas en una dirección, doblaban su tamaño; cortándolas en dirección contraria, formaban dos bucles encadenados. En el colegio confeccionábamos flores con clínex para el día de la madre. Y para celebrar las estaciones calcábamos siluetas sobre papeles de colores, las recortábamos, las decorábamos con purpurina y después las pegábamos en los cristales con cinta adhesiva.

Ahora, en la editorial Purgatory Pie Press, hago libros a mano y ediciones limitadas junto con mi marido, Dikko Faust. Nos mudamos a nuestro estudio actual cuando la más pequeña de nuestras hijas era un bebé. (Creo que conseguimos el local porque la niña era una monada y al ascensorista le gustó.) En un primer momento colocamos una barrera alrededor de una zona iluminada por el sol, con juguetes y una sillita dentro, pero el bebé se ponía de pie en la valla y lloraba desconsoladamente. Entonces decidimos que era mejor rodear la impresora, los tipos de metal pequeños y los materiales peligrosos. La solución resultó perfecta: Dikko pasaba por encima, yo trabajaba sobre las encimeras y el bebé disponía de todo el suelo. Era como una propiedad compartida, pero con una estructura en vertical: todo aquello que nuestra hija podía alcanzar era suyo; lo que no llegaba a coger, mío.

Nuestra hija mayor venía al estudio al salir de la guardería y traía a sus amigos. Sus juguetes eran los restos de papel recortado. Un día, los niños recortaron tiras de papel de trapo fino y dibujaron dólares. Estuve a punto de imprimir una tirada de aquello —hum, tal vez ahora podría encontrar algún crío que dibuje dinero...

Nuestro apartamento era muy pequeño y solíamos ir a jugar al parque, pero las niñas y yo también nos sentábamos a la mesa de la cocina y recortábamos y dibujábamos. Una tarde, tras revisar la correspondencia, cogí unas tijeras y troceé todos los sobres y la propaganda creando monstruos y serpientes en espiral y flores y enredaderas. A mi hija le encantó y se lo llevó todo al colegio para usar el material en la actividad “Muestra y explica”.

Luego nos mudamos a un piso más grande, y un día, yendo de camino a la exposición de un amigo, encontramos una gran mesa amarilla vintage en una tienda de antigüedades. Se convirtió en nuestra mesa de juego y trabajo. La limpiábamos para comer, o al menos desplazábamos los proyectos a un lado, y junto a nuestras hijas hacíamos muñecas de trapo y también cosas con papel. Un día abrí un regalo y me encontré una muñeca con varias mudas de ropa. Mi hija pequeña había estado cosiéndola en secreto por las noches. Nuestras hijas han aprendido mucho haciendo cosas con nosotros: han aprendido a crear objetos, a organizar sus propios proyectos, a resolver las cosas.

Los niños no saben que hay cosas que no pueden hacer. Cuando tienen dos años, esto puede resultar duro. Sin embargo, en cuanto veas que empiezan a ser independientes, cerciórate de que estén seguros y dales el control del número suficiente de cosas como para que se sientan satisfechos. En cuanto crecen un poco, hacer cosas con ellos es una forma estupenda de fomentar su independencia.

El verano pasado, en un concierto, conocí a una mujer que lucía unos pendientes de origami que se había hecho ella. Trabaja como terapeuta infantil y sus pacientes son niños sin hogar y en acogida temporal. Me dijo que a veces les enseña a hacer figuras de origami para que puedan ser dueños de algo. Me contó que una niña le había dicho que quería un libro. Le enseñé cómo hacer una sencilla estructura para que se la mostrara a los niños y que así siempre pudieran tener uno.

Hace unos días, en aquella misma sala de espera, les enseñé a un padre y a su hijo de ocho años cómo hacer un libro. El primer intento del niño fue un desastre, pero al momento hizo otro cien veces mejor, y luego tanto él como su padre confeccionaron otro más. El padre me dijo: “Ha merecido la pena venir aquí solo por esto”.

Divertíos con vuestros hijos.

Copyright del texto: sus autores
Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL

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