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Susana Solano
Proyectos

Un libro de Marta Llorente

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La obra de Susana Solano, destinada a intervenir en el espacio, nos invita a sentir la emoción de las transformaciones de nuestro entorno. Recorre de nuevo los caminos de esta vivencia contemporánea que consiste en derribar barreras convencionales e indagar nuevos sentidos en nuevas relaciones. Sus obras, tanto las que han sido creadas para el gran espacio habitado, inscritas en la dimensión usual de la arquitectura, como las que por su escala de intervención afectan al entorno espacial que ocupan, remueven los principios convencionales de la división de funciones y de cometidos. Y no sólo porque acostumbran a invadir, a ocupar, un espacio antes reservado al vacío silencioso que engendra la arquitectura, sino que, al hacerlo, transforman los hábitos de ordenación del propio espacio y el resultado de la experiencia de habitarlo.

Susana Solano Rodríguez (Barcelona, 1946) reside en Sant Just Desvern y tiene su taller en Gelida. Entre 1974 y 1980 estudió en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona, donde impartió clases durante el período de 1981 a 1987.

Ha participado en certámenes internacionales como Documenta VIII y IX, en Kassel (1987 y 1992), XIX Bienal de São Paulo (1987), Skulptur Projekte en Münster (1987), Bienal de Venecia (1988 y 1993), y Carnegie International de Pittsburgh (1988).

Su obra ha merecido galardones como el Premio Especial de The Utsukushi-Ga-Hara Open Air Museum, en Tokio (1985), el Premio Nacional de las Artes Plásticas del Ministerio de Cultura de España (1988), y el Premio CEOE a las Artes (1996).

Descripción técnica del libro:

20 x 24cm
184 páginas
Español, Inglés
ISBN/EAN: 9788425221804
Rústica
2007
Descripción
Descripción

Detalles

La obra de Susana Solano, destinada a intervenir en el espacio, nos invita a sentir la emoción de las transformaciones de nuestro entorno. Recorre de nuevo los caminos de esta vivencia contemporánea que consiste en derribar barreras convencionales e indagar nuevos sentidos en nuevas relaciones. Sus obras, tanto las que han sido creadas para el gran espacio habitado, inscritas en la dimensión usual de la arquitectura, como las que por su escala de intervención afectan al entorno espacial que ocupan, remueven los principios convencionales de la división de funciones y de cometidos. Y no sólo porque acostumbran a invadir, a ocupar, un espacio antes reservado al vacío silencioso que engendra la arquitectura, sino que, al hacerlo, transforman los hábitos de ordenación del propio espacio y el resultado de la experiencia de habitarlo.

Susana Solano Rodríguez (Barcelona, 1946) reside en Sant Just Desvern y tiene su taller en Gelida. Entre 1974 y 1980 estudió en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona, donde impartió clases durante el período de 1981 a 1987.

Ha participado en certámenes internacionales como Documenta VIII y IX, en Kassel (1987 y 1992), XIX Bienal de São Paulo (1987), Skulptur Projekte en Münster (1987), Bienal de Venecia (1988 y 1993), y Carnegie International de Pittsburgh (1988).

Su obra ha merecido galardones como el Premio Especial de The Utsukushi-Ga-Hara Open Air Museum, en Tokio (1985), el Premio Nacional de las Artes Plásticas del Ministerio de Cultura de España (1988), y el Premio CEOE a las Artes (1996).
Marta Llorente Díaz (Girona, 1957) es arquitecta y ha realizado estudios de música y de pintura. Se doctoró en 1992 en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona, donde es profesora titular de Composición, imparte cursos de Teoría de la Arquitectura y de las Artes, ha creado la asignatura Antropología de la ciudad y ha conducido un taller de lectura y escritura. Ha colaborado también con diversas universidades de España, Francia e Italia como profesora invitada y conferenciante.

Es autora de diversos escritos sobre teoría y crítica arquitectónicas y acerca de la relación entre las artes. Entre sus libros publicados, cabe destacar: Introducción a la arquitectura, 1987; Arquitectura griega, 2000; y El saber de la arquitectura y de las artes, 2000. Es coautora de Introducción a la arquitectura, 2000; Eugenio Trías: el límite, el símbolo y las sombras, 2003; y Oculto pero invisible. Voces femeninas, 2006. Actualmente, dirige la colección Poseidón de la editorial Apóstrofe y revisa y traduce las ediciones de los escritos de Le Corbusier.
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Texto de la introducción:

‘El espacio compartido: escultura y arquitectura

‘…porque nuestra tarea es imprimir en nosotros esta tierra transitoria y caduca, tan profunda, tan dolorosa y apasionadamente, que su esencia vuelva a resucitar en nosotros de manera invisible.’

(R.M. Rilke, carta a W. Hulewicz, 1925)

Hace ya tiempo que las palabras, las bellas palabras, con las cuales designábamos las distintas habilidades artísticas, resultan insuficientes para expresar el acontecer del arte. Ocurre con los términos de arquitectura y escultura. Vamos en busca de ellas, a la deriva, pero ningún discurso actual es capaz de volver a fundar en el lenguaje una alternativa que sirva para designar nuevas relaciones y diferencias de sentido entre ellas. Mientras las palabras se muestran insuficientes, el arte desborda cada día las fronteras que en la tradición dividían el hierático reino de las bellas artes, y que en la modernidad aún persisten en las distancias que entre sí han perpetuado arquitectura, artes plásticas, acontecimiento musical, experiencia literaria, fotografía y cine.

Y sin embargo, el suceso artístico, si subsiste, ya no puede definirse sino a partir de una definitiva ruptura de lindes y divisiones, una inge-niosa marea de mutuas invasiones y una derrota de toda forma de jerarquía entre artes y disciplinas. Su objetivo parece rebasar toda distinción de ámbitos que es ahora incesante creación de sentido: es ironía y crítica hacia los departamentos estancos que las artes se han repartido, en la tradición de nuestra cultura, intercambio y mutua inseminación de fuerzas y energías. Un proceso de desgaste y refundación que no sólo corroe el esquema de las artes, sino que desmiente el mismo concepto de arte: denunciando que arte es muchas veces sólo palabra, referencia demasiado circunscrita al objeto. Un concepto ensimismado de arte remite cada vez más a una experiencia hueca. Vacía y desgastada especialmente por efecto de las ficciones del mercado, que comercia con los objetos de producción artística. Un desgaste que está en sintonía con la fatiga general con la que se derrumban las instituciones de Occidente, bajo el signo del descrédito imparable de toda una civilización.

La paradoja es, acaso, que mientras el objeto de arte se resiente hoy de todas nuestras dudas, la experiencia artística subsiste a pesar de ello, multiplicando su complejidad inefable, mientras se encarga, ácidamente, de desmontar sus propios principios, su genealogía, su antigua estirpe.

Considerar los difíciles equilibrios que la obra de arte debe hacer para sobrevivir a una larga y agotadora tradición, que parece haber experimentado ya todo, no supone resignarse a los malos augurios que hablan de su desaparición y de su muerte. Al contrario, con frecuencia, en los pasajes difíciles del tiempo pasado, el arte ha sido capaz de abrir con su testimonio el surco de nuevas vías y expandir los horizontes de sus infinitos sentidos posibles. Y lo ha hecho, precisamente, balanceándose con placer sobre el puro abismo de su posible aniquilación. Este gesto de creación, sólo la misma experiencia artística puede hacerlo. Borges, refiriéndose a la literatura, y a los presagios de su posible final, describió cómo aún podría seguir existiendo, justamente, al ‘encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de la propia disolución’. De algún modo, no deberíamos conceder el nombre de arte a ninguna experiencia que no fuera capaz de ser transformación y crítica de la antigua tradición que le ha dado una historia.

La experiencia, en arte, sobrevive al objeto. La experiencia que es capaz de transformar el entorno en el que vivimos, el gesto que deposita en el escenario de la vida un último artefacto construido, parece ser capaz de transformar los campos estancos de la escultura y de la arquitectura, mientras desmiente el ancestral prestigio de un orden monumental. Es el gesto lanzado como un reto hacia el espacio, aquello que aún puede volverlo elocuente, y que permite que sigamos el rastro de esa experiencia con la expectante pasión que despierta todo descubrimiento.

La obra de Susana Solano, destinada a intervenir de algún modo en el espacio, nos invita a sentir la emoción de esas transformaciones de nuestro entorno. Recorre de nuevo los caminos de esta vivencia contemporánea que consiste en derribar barreras convencionales e indagar nuevos sentidos en nuevas relaciones. Sus obras, tanto las que han sido destinadas al gran espacio habitado, inscritas en la dimensión usual de la arquitectura, como las que por su escala de intervención afectan el entorno espacial que ocupan, remueven los principios convencionales de la división de funciones y de cometidos. Y no sólo porque acostumbran a invadir, a ocupar, un espacio antes reservado al silencioso vacío que la arquitectura engendra, sino que, al hacerlo, transforman los hábitos de ordenación del propio espacio, y el resultado de la experiencia de habitarlo. Los matices de sus significados coinciden con las múltiples evocaciones abiertas que el arte contemporáneo ha traído consigo, hace ya más de un siglo, pero además suponen transformaciones de los usuales campos de acción de nuestra experiencia del espacio. Objetos, artefactos, que Susana Solano laboriosamente fabrica, y que se han clavado en los lugares que habitamos o recorremos, o que se mueven a través de él en azarosos desplazamientos, según una insólita ocupación de sucesivos escenarios hacia los que los va conduciendo el azar o el destino. Artefactos que, cada vez que ocupan un lugar, ocasional o definitivo, nos indican otras formas de rememorar, de incorporarlos a nuestra memoria. Artefactos de significación siempre enigmática que transforman la manera de percibir las realidades de nuestro mundo cotidiano, envolvente: de los teatros de nuestra vida. Ante la obra plástica que Susana Solano ha desplegado en los escenarios del espacio, ya sea en el interior de las matrices arquitectónicas de los museos, ya en los lugares comunes de la vida urbana, la lectura de significados queda suspendida en un territorio de ambigüedad. Pero, al mismo tiempo, la totalidad del conjunto que forman con el mundo circundante o con la arquitectura envolvente sugiere nuevas lecturas y desplazamientos de sentido.

Escultura que ya no es escultura y arquitectura que se funde en un espacio compartido con la experiencia artística, más viva, que Susana Solano le ha dado. Se podría indagar en la naturaleza de esta transformación. Posiblemente, la incorporación al espacio de la presencia del artefacto artístico, si se le pudiera llamar así, pone de relieve lo que la arquitectura ha perdido en el agitado, pragmático y productivo sistema de la vida contemporánea. El artefacto, que ya sólo guarda una lejana relación con la idea de una escultura urbana o monumental, señala con mayor claridad en la dirección de atributos que la arquitectura ha perdido en la época de la exhibición técnica, de la asepsia constructiva, por la distancia que la separa en el presente del mundo de la materia, de la construcción y de la vida común. Las obras de Solano actúan como un lazo, como una alianza, que mantiene aún sujeto el entorno del mundo de nuestra percepción y nuestra experiencia más emotiva y próxima. También permiten así que la arquitectura dialogue con nosotros, al acercarla al mundo sensorial. Las obras de Susana Solano, inmersas en atmósferas de arquitectura, se demuestran capaces de objetar el estático dominio visual de la propia arquitectura sobre el espacio que compartimos; capaces de romper el imperio de su dura inscripción en fragmentos sutiles de experiencia y sentido. Nos aproximan, en evocaciones múltiples de materiales, tacto, gestos, recuerdos, ilusiones.

Una capacidad que tiene que ver con la extraña fuerza de las significaciones propias del arte, más lejanas, más enigmáticas y ambiguas que aquellas que la arquitectura se puede permitir evocar. Formas de significar que complementan la presencia de la arquitectura en un espacio, muchas veces inhóspito o desvirtuado. ¿Lo humanizan? ¿O acaso simplemente lo obligan a compartir sus duros límites y confines con la sugerencia más abierta, más próxima, de la materia elaborada, trabajada y golpeada de las estructuras escultóricas que recibe? Dado que estas estructuras de vago sentido escultórico mantienen próxima la presencia de la mano y la percusión del martillo, de la herramienta y del esfuerzo de un cuerpo. Indican en el espacio que habitamos la flexibilidad de los significados abiertos del arte, frente a la cruda funcionalidad de las atmósferas que encierra la arquitectura. Permiten un momento de puro ocio, de pura contemplación desinteresada, estética, frente a una arquitectura posiblemente más condicionada por las derivas mecánicas de los usos, muchas veces servil y subordinada, otras simplemente fiel a sus misiones. Una arquitectura siempre condicionada por los circuitos de la economía y de los poderes institucionales, que subraya la mayor libertad del experimento artístico que se instala a su lado.

Artefactos y objetos insólitos que llevan consigo aún reminiscencias de un espacio de creación, de un taller que es matriz y cantera del esfuerzo y de la concentración que contienen: de la generosidad de haberlos imaginado y construido laboriosamente, con pasión e ingenio. Objetos que desplazados por derivas e itinerarios a veces laberínticos, o destinados a espacios concretos, siempre mantienen el hálito de un tiempo en que fueron idea, fábrica o construcción. Contemplados de este modo, frente a lo arquitectónico, los artefactos-obras de Susana Solano celebran la libertad de la significación artística que la arquitectura, o el espacio construido, no puede en muchos casos recrear, probablemente porque no es tampoco adecuado hacerlo. La difícil posición de la respuesta arquitectónica, en la que cualquier exceso de sentido estético cae en la banalidad y en la retórica, puede ser aliviada así por la presencia del artefacto-escultórico, con toda su carga de inocencia y de belleza.

Tampoco representan el simple orden de la escultura las obras de Solano. Al contrario, pierden muchos de los tradicionales atributos de la escultura, al entrar en juego en esos espacios que la cotidianidad ha obligado a ser funcionales, o que el uso ha desvirtuado y alejado de los espectaculares teatros de la ciudad monumental. En cierto modo, niegan las antiguas premisas de la escultura, de igual modo que el entorno construido niega las antiguas premisas de la arquitectura monumental. La inscripción de un objeto de tales características en el espacio se distancia de la antigua tradición que vinculaba ambas esferas, la escultura y el marco edificado, al desmontar el tradicional cometido de la lectura de sus respectivas identidades. De un modo opuesto al que en el espacio de la ciudad, o en cualquier espacio compartido y habitado, ha significado el monumento, la presencia de las obras de Susana Solano borra los signos de las significaciones impuestas, impide una lectura literal de la memoria, suministra ese desbordamiento de sentidos y matices posibles que caracteriza la experiencia contemporánea del arte. Nuevas formas para expresar y enriquecer una experiencia de habitar que no requiere ya ese reparto de papeles en que la escultura, figurativa o no, marcaba simetrías y organizaciones espaciales, concentraba en los puntos de su ocupación significados explícitos y ordenaba la visión reglada de los espacios circundantes. Estas obras sugieren otras formas de orden, dispersan vagos significados en la amplitud del espacio y en la multiplicidad de las interpretaciones a las que nuestra experiencia divagante tiene derecho.

De algún modo, el largo camino que como artista ha recorrido Susana Solano, dentro también del amplio mapa de sus distintas acciones sobre la realidad, ha señalado siempre hacia esa explosión de sentidos posibles, nunca literales, dentro del ámbito de un universo arquitectónico, o de un marco natural, en general, de un mundo habitado y habitable. Pues también es espacio habitado el espacio de la propia naturaleza, donde la presencia de un objeto construido determina esa misma acción humanizada y amable que llamamos habitar.

Voluntad de intervención: éste es uno de los términos que en nuestro lenguaje adquiere la extraña experiencia del arte. Y voluntad de diálogo con el entorno. La obra toda de Susana Solano, mucho más amplia en sus categorías, se enlaza con este campo de acción e intervención espacial, la envuelve y en muchas ocasiones le da origen, complementa sus significados. O, por el efecto de sus evocaciones de fabricación, indica un espacio de regreso, de retorno al taller y al mundo privado de la artista. Otros experimentos de la autora, en lo más íntimo o mínimo, en la acción y en la fotografía, intercambian sentido con las obras de mayor dimensión, destinadas a la intervención espacial. Toda su obra, de algún modo, se entreteje, formando las raíces de lo que se expresa en las intervenciones espaciales. Por esta razón, seguir el itinerario completo del trabajo de Susana Solano en el ámbito de la intervención espacial es dibujar de algún modo la estructura compleja de todo ese mapa de acciones que se tejen formando un bajo continuo, sobre el que se asienta el complejo cosmos de su obra.

Seguir el itinerario de una secuencia constante de intervenciones espaciales de la autora permite, por otro lado, una reflexión añadida sobre el universo de la arquitectura, en toda la extensión del término, que va desde los marcos usuales de lo que consideramos el espacio colectivo, hasta las más ambiguas situaciones de un espacio que define la experiencia de habitar, como un rasgo distintivo del comportamiento humano. Reflexionar acerca de arte y arquitectura, significado y memoria colectiva a través de sus presencias cruzadas, es una posibilidad que nos abre el recorrido de su obra.

Por esta razón, se presenta el campo de las intervenciones realizadas hasta ahora por Susana Solano en el espacio: como un camino de continuidades que por supuesto contiene bucles, idas y regresos, reminiscencias y presagios, pero que en definitiva puede ser recorrido paso a paso, atravesando los distintos acontecimientos y secuencias que generan las obras, contemplando lo que fue proyecto y lo que se llegó a instalar en la realidad, lo que cambió de lugar y lo que resultó imprevisiblemente transformado. Con todos los accidentes del camino, con todo lo que hace del camino una epopeya, un largo surco en el tiempo. Con un horizonte hacia el cual indicar, con una permanente lógica de experimentos técnicos que se iluminan unos a otros, que se modifican y mutan de materia y de procedimiento. Camino que contiene un correlato en el nombrar, que oculta y muestra episodios de experiencia y de vida que se acercan a las obras, sin tocarlas apenas. Acaso toda obra artística esté fuertemente vinculada a una biografía, sea la cadena que delinea la figura de una vida concreta de su autor. Pero, sobre todo, es ella misma biografía. Relato y crónica de otra vida, propia de los objetos, tendida en el tiempo, que explica el fluir de una propuesta global del trabajo y de la imaginación de su autora, aunque la observemos desgranada en mil experimentos.’

Copyright del texto: sus autores
Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL

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