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Un libro de John Berger

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El mundo real ha sido sustituido por su reproducción, con medios tan fascinantes como la fotografía, el cine, la televisión o Internet, convertidos en coto de caza y parque temático del comercio y, por tanto, del poder. Los medios de comunicación de masas convertidos en agentes de festejos del pensamiento único. La realidad travestida en espectáculo; reducido el ciudadano a cliente y espectador que no comprende ni puede comprender.

El asunto es volver a mirar como si fuera la primera vez, pero sin desdeñar lo aprendido a lo largo del camino de la experiencia y de la vida. En esta antología de artículos ya clásica, John Berger nos ayuda y enseña a ver qué hace que una fotografía de August Sander, Paul Strand o Donald McCullin, o un cuadro de Millet, Corbet o Magritte sean valiosos. En la medida en que él muestra cómo y desde dónde ve nos enseña a ver por nosotros mismos. En ningún momento dice: así es como hay que ver, sino que al descubrirnos su caja de herramientas nos permite hacernos con un juego propio. John Berger sabe qué hacer con las palabras lo que un carpintero con la madera o un picapedrero con la piedra, con la misma elocuencia sobria y sin sentimentalismos, pero con la diferencia de que las palabras son una palanca exterior a los objetos, de ahí el peligro de tantos que porque saben qué hacer con la sintaxis a menudo pierden de vista el origen de las palabras y su capacidad para romper los dulces meandros de la alienación

Descripción técnica del libro:

15 x 21cm
188 páginas
Español
ISBN/EAN: 9788425218569
Rústica
2001 (8ª tirada)
Descripción
Descripción

Detalles

El mundo real ha sido sustituido por su reproducción, con medios tan fascinantes como la fotografía, el cine, la televisión o Internet, convertidos en coto de caza y parque temático del comercio y, por tanto, del poder. Los medios de comunicación de masas convertidos en agentes de festejos del pensamiento único. La realidad travestida en espectáculo; reducido el ciudadano a cliente y espectador que no comprende ni puede comprender.

El asunto es volver a mirar como si fuera la primera vez, pero sin desdeñar lo aprendido a lo largo del camino de la experiencia y de la vida. En esta antología de artículos ya clásica, John Berger nos ayuda y enseña a ver qué hace que una fotografía de August Sander, Paul Strand o Donald McCullin, o un cuadro de Millet, Corbet o Magritte sean valiosos. En la medida en que él muestra cómo y desde dónde ve nos enseña a ver por nosotros mismos. En ningún momento dice: así es como hay que ver, sino que al descubrirnos su caja de herramientas nos permite hacernos con un juego propio. John Berger sabe qué hacer con las palabras lo que un carpintero con la madera o un picapedrero con la piedra, con la misma elocuencia sobria y sin sentimentalismos, pero con la diferencia de que las palabras son una palanca exterior a los objetos, de ahí el peligro de tantos que porque saben qué hacer con la sintaxis a menudo pierden de vista el origen de las palabras y su capacidad para romper los dulces meandros de la alienación

John Berger (Londres, 1926 - París, 2017) fue una de las voces más lúcidas, incisivas e inconformistas del panorama intelectual europeo. Formado en la Central School of Arts de Londres, trabajó como profesor de dibujo hasta que comenzó a escribir crítica de arte. Pronto cambió su registro por la novela, el ensayo, la poesía, el teatro y el guion cinematográfico y televisivo. Entre sus estudios sobre arte publicados por la Editorial Gustavo Gili se encuentran los títulos clásicos Mirar, Modos de ver y Otra manera de contar (con Jean Mohr), y otros más recientes como Sobre el dibujo (2015), La apariencia de las cosas (2014) Para entender la fotografía (2015) y la antología completa de ensayos Sobre los artistas (2 vols: 2017, 2018).

Índice de contenidos
Índice de contenidos

Índice

Agradecimientos
Prólogo de Alfonso Armada

¿Por qué miramos a los animales?

Usos de la fotografía

El traje y la fotografía
Fotografías de la agonía
Paul Strand
Usos de la fotografía

Momentos vividos

Lo primitivo y lo profesional
Millet y el campesino
Seker Ahmet y el bosque
Lowry y el norte industrial
Ralph Fasanella y la ciudad
La Tour y el humanismo
Francis Bacon y Walt Disney
Artículo de fe
Entre los dos Colmar
Courbet y el Jura
Turner y la barbería
Rouault y los suburbios de París
Magritte y lo imposible
Hals y la bancarrota
Giacometti
Rodín y el dominio sexual
Romaine Lorquet
Un prado

Lee un fragmento
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Extracto del prólogo

El faro y la cámara oscura

[...] El asunto es volver a mirar como si fuera la primera vez, pero sin desdeñar lo aprendido a lo largo del camino de la experiencia y de la vida. John Berger ayuda y enseña a ver, por ejemplo, qué hace que una fotografía o un cuadro sean valiosos. En la medida en que él muestra cómo y desde dónde ve nos enseña a ver por nosotros mismos. En ningún momento dice: así es como hay que ver, sino que al descubrirnos su caja de herramientas nos permite hacernos con un juego propio. John Berger sabe qué hacer con las palabras lo que un carpintero con la madera o un picapedrero con la piedra, con la misma elocuencia sobria y sin sentimentalismos, pero con la diferencia de que las palabras son una palanca exterior a los objetos, de ahí el peligro de tantos que porque saben qué hacer con la sintaxis a menudo pierden de vista el origen de las palabras y su capacidad para romper los dulces meandros de la alienación.

John Berger no pierde nunca de vista el objeto de lo que escribe: por eso no necesita enmascarar su ceguera o su lucidez con palabras incomprensibles, con una de las jergas con las que las élites (también la de los críticos de arte) defienden su retícula de poder John Berger consigue algo que parece fuera del curso de las cosa: que todo el que quiera leerle entienda perfectamente lo que dice. ¿Es acaso una de las formas contemporáneas de la resistencia que las palabras digan lo que dicen y veamos con claridad en medio de tan interesada y fascinante confusión? ¿Sería entonces la reflexión de John Berger sobre la mirada un intento de volver a recuperar el sentido de la historia: historia como relato que pueda ser comprendido y compartido y recordado, historia como sentido de nuestro paso por aquí, de liberarnos de las servidumbres impuestas por quienes nos quieren convencer de que no hay historia que valga, de que la historia y la rebelión son aburridas, peligrosas y sobre todo inútiles contra el estado de las cosas, que la historia -nuestras pobres vidas- carece de sentido?

En el último tramo de Mirar, John Berger habla de Giacometti de tal forma que pareciera como si hablara de sí mismo, en realidad como en todo el libro, porque al hablarnos de cómo mira nos está hablando de cómo es.

"Una semana después de la muerte de Giacometti, la revista Paris-Match publicó una extraordinaria fotografía que había sido tomada nueve meses antes. En ella aparece Giacometti cruzando solo, bajo la lluvia, una calle de Montparnasse cercana a su estudio. Se protege la cabeza bajo la gabardina, pero sin sacar los brazos de las mangas. Sus hombros encorvados se ocultan bajo la gabardina. El efecto inmediato que produjo esta fotografía en el momento de su publicación se debió a que mostraba la imagen de un hombre extrañamente despreocupado por su bien estar Un hombre que llevaba unos pantalones arrugados y unos zapatos viejos, mal preparado la publicidad, para la lluvia. Un hombre cuyas preocupaciones no tenían en cuenta el cambio de las estaciones. Pero lo que hace que esta fotografía sea extraordinaria es que sugiere mucho más sobre el carácter de Giacometti. La gabardina parece prestada. Se diría que no lleva nada debajo, salvo los pantalones. Tiene el aspecto de un superviviente, pero no en un sentido trágico. Está hecho a la situación; "como un monje", diría yo, especialmente dado que la forma en que se cubre la cabeza con la gabardina sugiere una capucha frailuna. Llevaba su pobreza simbólica con mucha más naturalidad que la mayoría de los monjes." [extracto del ensayo Giacometti]

Después de advertir que "la proposición última en la que Giacometti basó toda su obra de madurez consistía en la imposibilidad de llegar a compartir la realidad con alguien", escribe Berger: "El acto de mirar era para él una forma de oración; se fue convirtiendo en un modo de aproximarse a un absoluto que nunca conseguía alcanzar. Era el acto de mirar lo que le hacía darse cuenta de que se encontraba constantemente suspendido entre la existencia y la verdad". Y algo después cuando la noche ya se espesa sobre todos nosotros y el río, nos dice: Giacometti "fue obstinadamente fiel a su tiempo; un tiempo que debió de ser para él como su propia piel: el saco en el que había nacido. Y en este saco sencillamente no podía dejar de lado, sin dejar de ser honesto, su convicción de que siempre había estado solo y siempre lo estaría". Como cada uno de nosotros al acabar de leer este libro. Y sin embargo, y a pesar de todo, en esa forma de resistencia que es la luz que proyecta constantemente y cada noche este farero de las palabras, un extraño calor nos quema el pecho y nos hace pasar la sutil consigna de mano en mano, de ventana en ventana, como un morse que no es fácil descifrar.

Alfonso Armada
Nueva York, diciembre, 2000

Copyright del texto: sus autores
Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL

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