Megaestructuras
Futuro urbano del pasado reciente.

Un libro de Reyner Banham

 

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Durante las décadas de los cincuenta y sesenta aparecen numerosos proyectos de megaestructuras, ocupando una posición intermedia entre el edificio y la ciudad. Por su tamaño, constituían una nueva forma de monumento; por su adaptabilidad, ofrecían al habitante enormes posibilidades de conformación de diferentes ambientes dentro del esquema general.
Este libro, publicado por primera vez en castellano en 1978, pretende ilustrar e historiar el movimiento megaestructural, y exponer algunas cosas sobre la estructura mental en el que fue concebido, elaborado y finalmente abandonado. Presenta propuestas que recorren todo el planeta, de América Latina a Escocia, de Estados Unidos a Japón, con el pretexto de cualquier programa: centros urbanos, centros de negocios, universidades, vivienda masiva, etc. Grupos como el británico Archigram, los metabolistas japoneses o los situacionistas, o personajes como Paolo Soleri, Frei Otto, Moshe Safdie o Yona Friedman, pretendían monopolizar el futuro del hombre en ciudades construidas con megaestructuras.

Descripción técnica del libro:

224 páginas
Español
ISBN/EAN: 9788425226496
2001
Descripción
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Detalles

Durante las décadas de los cincuenta y sesenta aparecen numerosos proyectos de megaestructuras, ocupando una posición intermedia entre el edificio y la ciudad. Por su tamaño, constituían una nueva forma de monumento; por su adaptabilidad, ofrecían al habitante enormes posibilidades de conformación de diferentes ambientes dentro del esquema general.
Este libro, publicado por primera vez en castellano en 1978, pretende ilustrar e historiar el movimiento megaestructural, y exponer algunas cosas sobre la estructura mental en el que fue concebido, elaborado y finalmente abandonado. Presenta propuestas que recorren todo el planeta, de América Latina a Escocia, de Estados Unidos a Japón, con el pretexto de cualquier programa: centros urbanos, centros de negocios, universidades, vivienda masiva, etc. Grupos como el británico Archigram, los metabolistas japoneses o los situacionistas, o personajes como Paolo Soleri, Frei Otto, Moshe Safdie o Yona Friedman, pretendían monopolizar el futuro del hombre en ciudades construidas con megaestructuras.

Reyner Banham (1922-1988) fue uno de los críticos e historiadores de la arquitectura más influyentes del siglo XX. Ingeniero de formación, se doctoró por el Courtauld Institute of Art de la London University con su tesis Teoría y diseño en la primera era de la máquina (1960). Además de ser protagonista del Independent Group y editor de la revista The Architectural Review, fue profesor en diversas universidades británicas y estadounidenses. Entre sus obras más importantes se encuentran El brutalismo en arquitectura (1966), La arquitectura del entorno bien climatizado (1969), Megaestructuras (1976) y Scenes in America Deserta (1982), además de su compilación de ensayos póstuma A Critic Writes: Essays by Reyner Banham (1996).

Índice de contenidos
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Contenidos:


1 Introducción: Dinosaurios del movimiento moderno
2 Antecedentes, analogías y mégastructures trouvées
3 Pioneros e iniciadores
4 1964, el megaaño
5 Diversión y flexibilidad
6 La megaciudad de Montreal
7 La megaestructura en el ámbito universitario
8 Megadecadencias: aceptabilidad y explotación
9 Epílogo: Significado de la megaestructura

Apéndice: la megaestructura según Maki
Notas
Fuentes de las ilustraciones
Bibliografía selecta
Lee un fragmento
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Extracto de la Introducción:
DINOSAURIOS DEL MOVIMIENTO MODERNO

   En su época, todas las megaestructuras fueron grandes edificios, pero no todos los grandes edificios de la época fueron megaestructuras. Si existe una gran obra que haya contribuido a clarificar esta distinción, sin duda es el Vertical Assembly Building de Cabo Cañaveral, Florida. A pesar de contener el mayor espacio simple jamás construido por el hombre -lo bastante grande para contener tanto sus propias condiciones atmosféricas como los cohetes espaciales completamente montados en sus andamiajes de transporte-, siempre que entre especialistas se planteaba la cuestión de si podía considerarse como una megaestructura, la respuesta, desconcertante pero terminante, era " No".
   Por lo tanto, las megaestructuras eran grandes edificios de un tipo particular, aunque sigue siendo difícil definir qué tipo con la apropiada precisión verbal. Sin embargo, en lo que sí podemos ser precisos es al definir su precursor más general: el proyecto de Le Corbusier para Fort I'Empereur, en su plan de Argel de 1931. Un famoso dibujo del proyecto (1) muestra, en una perspectiva curva y acelerada, la maciza e imponente subestructura en una supercarretera elevada, construida como si se tratase de una librería gigante de hormigón armado, en cuyas estanterías los habitantes han edificado casas de dos pisos, no necesariamente en le style Corbu, sino de acuerdo con sus propios gustos.
   No es un tema sobre el que Le Corbusier volviera señaladamente, pero contenía los elementos esenciales del concepto de megaestructura, tal como éste iba a surgir treinta años después. Las conexiones visibles entre este precursor principal y su ampliamente difusa progenie eran escasas, aunque persiste la discriminación fundamental entre las partes de una construcción urbana de gran densidad: por un lado, una estructura de soporte maciza, casi monumental; por el otro, distintas adaptaciones de los espacios habitables, fuera del control del arquitecto.
   Esta discriminación fundamental está presente en las dos primeras definiciones formales que se promulgaron sobre las megaestructuras. En Investigations in Collective Form, obra de 1964, Fumihiko Maki define la "Mega-Estructura" (aún con su guión primitivo) como "una gran estructura en la que tienen cabida todas las funciones de una ciudad o de parte de ella. La tecnología actual la ha hecho posible. En cierto modo, es un rasgo artificial del paisaje. Es como la gran colina sobre la que se construyeron las ciudades italianas..."
   Tres párrafos después, al reconocer el papel que su antiguo maestro Kenzo Tange desempeñó como uno de los precursores inmediatos de sus propias megaestructuras, incluye de modo significativo la propuesta de Tange para "una forma a escala de la masa humana, que incluye una Mega-forma y unidades discretas, rápidamente cambiables, que encajan dentro de la estructura mayor."
   Cuatro años después, Ralph Wilcoxon, bibliotecario de proyectos del College of Environmental Design, Berkeley, prologó su inestimable Megastructure Bibliography con una introducción que proponía una etimología de la palabra "megaestructura" y esta útil definición cuatripartita de megaestructura como:

No sólo una estructura de gran tamaño, sino... también una estructura que frecuentemente:

1 está construida con unidades modulares; .
2 es capaz de una ampliación grande y aun "ilimitada";
3 es un armazón estructural en el que se pueden construir -o aun "enchufar" o "sujetar", tras haber sido prefabricadas en otro lugar- unidades estructurales menores (por ejemplo, habitaciones, casas o pequeñas edificaciones de otros tipos);
4 es un armazón estructural al que se supone una vida útil mucho más larga que la de las unidades menores que podría soportar.

   Ahora bien, aunque la definición de Wilcoxon ya incluye una multitud de cuestiones e implicaciones que no estaban presentes en la de Maki, el principal peso de sus palabras sigue descansando sobre el concepto de una estructura permanente y dominante que contiene alojamientos subordinados y transitorios. Por muy recubierta que esté de obsesiones formalistas o de estímulos tecnológicos, esta discriminación atraviesa de punta a cabo la historia de las megaestructuras, desde su primera aparición hasta su decadencia final en los años 70. Es probable asimismo que durante las dos décadas de su máximo esplendor fueran el eje de una crisis en el pensamiento arquitectónico, que también puede resultar la crisis final de la arquitectura "moderna" tal como la hemos conocido.
   Esta afirmación puede parecer excesiva; en los años de la megaestructura hubiera parecido injustificadamente desleal y pesimista. Sin embargo, es evidente que en los años 60 los arquitectos modernos habían llevado su discusión hacia un dilema que carecía de salida lógica y del que la megaestructura no era más que una liberación dudosa: aunque la profesión arquitectónica no haya renunciado a su rotunda y «moderna» pretensión de responsabilidad para "el diseño del ambiente humano en su totalidad", en la actualidad se ha visto obligada a reconocer que aquella "arquitectura total" homogéneamente diseñada por la que abogaban gente como Walter Gropius, sería algo tan inerte, culturalmente tan insignificante, como cualquier otra máquina perfecta.
   Las pretensiones de "espontaneidad" urbana habían sido discutidas en fecha tan temprana como la edición de 1951 de los Congrès Internationaux d'architecture moderne (CIAM); movimientos posteriores de los años 50 y 60, en particular la implantación del Pop Art, habían destacado la aportación no-profesional a la textura visual urbana. Una corriente de interés por las arquitecturas populares, que culminó en la exposición "Arquitectura sin arquitectos" de Bernard Rudofsky, había despertado también el interés por lo que Maki describía por aquel entonces como «forma de grupo»: la repetición y aglomeración de elementos constructivos populares, aparentemente estandarizados, en pueblos de acusada silueta o cuyo plano era de una claridad meridiana, resumidos en la inevitable imagen de las ciudades italianas edificadas sobre colinas, citada por Maki y prácticamente por todo el mundo en aquella época.
   Al igual que Maki, muchos megaestructuralistas consideraron su tarea como una propuesta de "estructuras urbanas para el futuro" -según la denominación del arquitecto suizo Justus Dahinden, en las que una sociedad moderna y altamente tecnológica podría construir su propio equivalente de la forma de grupo espontánea mediante el acrecentamiento natural y la reconstrucción. Aun si en la práctica (como en Hábitat, Montreal) (2) el resultado constructivo más bien tendía a ser como una escultura conmemorativa de un urbanismo popular que se suponía que ya se había producido, aunque de hecho no fuera así, los megaestructuralistas tenían una confianza general y genuina en que tales procesos podrían producirse, pero dentro de una estructura creada por arquitectos profesionales y que reflejara los valores monumentales y estéticos de la arquitectura profesional. Incluso el que parecía ser el más permisivo de los teóricos megaestructuralistas, el arquitecto holandés Nicholas Habraken (autor del libro Diseño de soportes, que pedía vehementemente para los ciudadanos la posibilidad de tener una "relación natural" con una textura urbana que ellos mismos habían ayudado a crear, todavía consideraba esa textura como algo apoyado en gigantescas estructuras que serpentearan por el paisaje a la escala del proyecto de Le Corbusier para Fort I'Empereur, y en gran medida en su mismo estilo.
No obstante, las ideas de Habraken difieren sustancialmente de las de Le Corbusier. La permisividad en el relleno de la estructura argelina más bien parece una cuestión de indiferencia, como si el doctor-arquitecto, tras haberse reservado la magnificencia estilística, se dispusiera a permitir que la clase baja se valiera por sí misma a la hora de decidir los detalles. Esta era seguramente la actitud de muchos megaestructuralistas, pero Habraken está clara y profundamente preocupado porque los ciudadanos comunes no sigan sintiéndose alienados en una textura urbana en cuya creación no ha intervenido ni su placer ni su responsabilidad: sus grandes estructuras de soporte son meros armazones para la inventiva particular a los instintos del público para la vivienda. Y, finalmente, cada vez se creía más que tales instintos prevalecerían sobre los valores profesionales de la arquitectura, que hacia fines de los años 60 abandonaron la megaestructura, mientras los pocos ejemplos edificados permanecían aislados en la selva arquitectónica, cual dinosaurios supervivientes, no de una época pasada, sino de un futuro fósil que no llegaría a ser...

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