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Presentación > Crónica de una conversación en torno a las derivas de la fotografía

El pasado 13 de abril Joan Fontcuberta y Xavier Antich se reunieron en la Fnac Triangle de Barcelona para hablar de La cámara de Pandora, el último libro de ensayos del fotógrafo barcelonés. Antich presentó a Fontcuberta como personaje de triple identidad —historiador, crítico y creador— que se ha movido siempre en el territorio de la paradoja. Sin afiliarse a grandes convicciones inamovibles, el fotógrafo transita constantemente por fenómenos liminales, donde las cosas dejan de ser lo que son para reconvertirse en otras. Y su exploración en torno a la fotografía se sitúa precisamente en un momento de profundo cambio, que nos lleva incluso a pensar que quizás estemos asistiendo a la muerte de la fotografía.

Una "cultura de visión"

Como respuesta a esta observación, Fontcuberta afirmó que, con el giro tecnológico digital, “la fotografía ha sido sacrificada y resucitará el tercer día”. La pretendida muerte del medio, agregó, depende de la concepción que se tenga del mismo. Si se incide en su naturaleza tecnológica, es obvio que el cambio es radical, pero desde el punto de vista del discurso, esta desaparición podría matizarse.

Sin embargo, éstas no dejan de ser visiones realizadas desde la perspectiva del usuario-creador y a Fontcuberta le interesa también el enfoque del consumidor. Desde esta perspectiva, la fotografía está viviendo un cambio radical que, más allá de lo tecnológico, afecta a una cultura de visión. A una forma de mirar cuyos valores —la identidad, la verdad, la memoria— remontan sus orígenes al siglo XIX, coincidiendo con el nacimiento del medio fotográfico, y en estos momentos se están viendo profundamente afectados.

La ausencia de referente

Respecto a la relación entre fotografía y realidad, Fontcuberta afirmó que la fotografía digital ha acelerado el proceso de cambio del paradigma semiótico que siempre se había asociado a este medio: “la relación de la fotografía con su referente ha desaparecido; la imagen ha pasado a levitar y a campar tranquilamente por ahí”. Ahora la transmisión de sentido depende más que nunca de la selección y de la apropiación de una imagen, y no de su propia realización.

El homo fotograficus

¿Todos somos fotógrafos? ¿Todos somos especialistas? ¿Todos somos aficionados? Fontcuberta aportó como respuesta un dato tremendamente revelador: el fabricante de cámaras fotográficas más potente del mundo en la actualidad ya no es Nikon ni Canon, sino Nokia. La fotografía se ha convertido en un fenómeno de cotidianidad extrema, nos acompaña siempre.

Pero el acto fotográfico, prosiguió Fontcuberta, no sólo se ha popularizado, sino que han cambiado de signo: los principales temas de la fotografía doméstica ya no son los viajes ni los actos familiares, sino las noches de discoteca y salas de fiesta. Las fotografías ya no se guardan. Se toman y se tiran. La voluntad de memoria desaparece y, con los nuevos soportes digitales, despiertan las dudas en torno a su permanencia.

Desvinculada del papel, desmaterializada, la imagen digital es vulnerable, ¿en qué lugar queda entonces la memoria?

La desaparición del azar y el tempo creativos

Pero no sólo se transforman los valores. Para Fontcuberta, la fotografía digital ha transformado también el proceso creativo. El medio analógico brindaba un papel al azar que la fotografía digital ha aniquilado. En el nuevo entorno, la imagen está tan estudiada y controlada que no deja espacio para el error: si no se adapta a las ideas preconcebidas —a los prejuicios con que se realiza— se borra y, con ello, se elimina cualquier atisbo de azar.

Lo mismo ocurre con el tempo del proceso creativo. La inmediatez inherente a las instantáneas digitales elimina la espera entre la preparación, la realización y los resultados de una fotografía. La tensión temporal de la espera —que en muchos casos es sinónimo de reflexión— queda fuera de las dinámicas de creación.

Hablemos y divirtámonos

Antich destacó, finalmente, la pasión y el humor que destilan las páginas de La cámara de Pandora. Y Fontcuberta ratificó su interés por las preocupaciones vitales, no estrictamente teóricas ni académicas, y su apuesta por el tono lúdico y desenfadado —que no frívolo ni superficial— de sus reflexiones. La charla se cerró, pues, con una constructiva declaración de intenciones:

—Hablemos y divirtámonos.

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