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Maestros de la fotografía

Técnicas creativas de 100 grandes fotógrafos

Paul Lowe

19.9 x 24 cm
288 páginas
ISBN: 9788425230059
Tapa flexible
2017

1 valoraciones

Índice

Prólogo
Introducción
Clave para los iconos de consejos y técnicas creativos

Lugares
Espacios
Cosas
Rostros
Cuerpos
Ideas
Momentos
Relatos
Documentos
Historias

Bibliografía
Glosario
Índice temático y onomástico
Créditos de las fotografías

Texto del prólogo

Prólogo por Simon Norfolk

Me encontraba cenando en un restaurante de París la noche de los ataques terroristas en la sala de conciertos Bataclan y en el Stade de France en 2015. Los demás comensales recibieron, inquietos, mensajes de texto enviados por sus familiares desde lugares lejanos, y yo me sentí obligado a salir corriendo para ver con mis propios ojos qué estaba ocurriendo —a fin de cuentas, ese es mi trabajo, ¿no?—. Las calles estaban extrañamente desiertas y no había taxis, así que me monté en una bicicleta Vélib, del servicio de alquiler, y atravesé a toda velocidad la ciudad. Tenía la batería del móvil a cero, así que mi táctica consistió en seguir a los bomberos, y en un momento dado acabé en Les Halles, donde la policía pensaba que se habían escondido los atacantes. Un batallón de unidades SWAT de la policía, vestidos como insectos acorazados y erizados de armas y escudos, exploraba las calles. Seguí avanzando detrás de ellos acompañado por al menos una docena escasa de viandantes, que, móvil en alto, lo fotografiaban todo. Por algún motivo, algunos borrachos que volvían a casa, algunos vecinos inquietos y curiosos empujados por la morbosidad se habían transformado en los nuevos equipos de la CNN. Delante de nosotros, la policía estaba preparada para hacer frente a una violencia extrema; detrás, transmitiendo de manera informal a través de Facebook y Periscope, un grupo de chavales (todos eran chavales) vestidos con camisetas y vaqueros, deseosos de que se montara un altercado, como esos pececillos que siguen a los grandes tiburones. Y yo, montado en una bicicleta de alquiler. No sabía por qué estábamos allí. O bien estábamos perdiendo el tiempo (los terroristas estaban en otro lugar) o estábamos a punto de convertirnos en esponjas, listas para absorber alguna bala perdida. Me preguntaba por qué pensaban que de repente se habían convertido en fotógrafos profesionales. Habían salido de casa aquella noche buscando diversión para la noche del viernes y ahora estaban allí, escribiendo el primer borrador de la historia, y un mundo impaciente esperaba su comunicado —al menos, eso era lo que ellos creían—. Y yo, ¿era diferente? ¿Por qué intentaba formar parte de aquello? ¿Por qué cualquiera toma fotografías? Ahora todos las hacemos, billones al día, y una pequeña cantidad de ellas son mías. Durante veinticinco años la fotografía me ha servido para pagar mi hipoteca, pero sigo sin saber por qué. Me sentía ridículo y superfluo en Les Halles, así que desistí y pedaleé de vuelta a casa por las calles vacías.

La respuesta más ajustada que puedo dar a la pregunta de por qué hago fotografías es una metáfora. Para mí hacer fotografías es como el punto de ignición de un motor de combustión; los ingredientes (gasolina vaporizada, aire) se unen en una obra maestra de la ingeniería, se comprimen en un momento preciso y exquisito y con una sacudida producen chispas brillantes y potencia. En la génesis de una buena fotografía, todo el esfuerzo precedente (el tiempo de investigación en busca del especialista académico, el esfuerzo para subir la colina hasta el lugar antes de que la luz cambie, ese truco inteligente inventado para que el relato se exprese de manera nueva e intrigante, la metáfora plateada que envuelve toda la idea) se concentra en un instante, y entonces el tiempo te favorece y no te olvidas de cargar la batería de tu equipo y, y, y... Y cuando todo esto se condensa a la vez, en la misma fracción de segundo y alcanza el punto de ignición…, pues bien, la sensación de satisfacción es abrumadora. Es–Lo–Mejor.

Pasa muy pocas veces, pero cuando ocurre siento que es un privilegio poder hacer este trabajo. Milagroso. Como escribió Wordsworth, “era una dicha estar vivo en aquel amanecer”.

Algunos fotógrafos se ven a sí mismos como cazadores, merodeando y disparando a hurtadillas por las calles; pero yo no soy así: yo soy un recolector. A menudo pienso que no soy un fotógrafo de verdad porque, en ese momento de fusión, las imágenes parece que simplemente se desprenden de la cámara. Todo lo que tengo que hacer es salir y recogerlas, llevarlas a casa como si fueran gatitos extraviados. Todo el trabajo está hecho antes del momento de capturar la imagen. Imagino que un matemático teórico siente lo mismo cuando llega a la esquina inferior derecha de la pizarra y el último cálculo se transforma en un ¡Eureka! al saber que funciona. Quizá sea por esto que rara vez reviso mis viejas fotografías, que me produzca tan poca satisfacción que me digan que mi trabajo es bueno, que conserve carpetas con proyectos sin publicar, que prefiera que otros diseñen mis libros o monten mis exposiciones. O escriban los prólogos de mis libros. Todo este trabajo posterior no da ni una milésima parte de la satisfacción que produce salir y provocar esas chispas mágicas.

No todo es un camino de rosas, por supuesto. Los fallos y los casi logros eclipsan los éxitos y algunas de las cosas que he visto por el camino han sido terribles y/o realmente horribles. Sin embargo, pienso que el motivo por el que sigo fotografiando y no me aburro o me siento amargado por las cosas que he visto, o el motivo por el que no me he vuelto loco o he tirado la toalla o me he pasado a lo que mi madre denomina “un trabajo de verdad”, es porque escucho las noticias de la noche y algún político mentiroso está contando sus mentiras, algún pseudoexperto está contando algo estúpido o algún idiota está siendo idolatrado; y entonces, ¡abracadabra!, de nuevo me siento furioso y me conecto a la red para intentar comprar un billete de avión, hago la maleta y me excuso ante la señora Norfolk, mientras pienso una vez más en cómo fusionarlo todo para que salten esas chispas.

Copyright del texto: sus autores
Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL