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Habitar

Juhani Pallasmaa

12 x 18 cm
128 páginas
ISBN: 9788425229237
Rústica
2016 (1a edición , 2a tirada)

4 valoraciones

Índice

Prólogo
Habitar en el espacio y en el tiempo

Identidad, intimidad y domicilio
El sentido de la ciudad
El espacio habitado
La metáfora vivida
Habitar en el tiempo
Origen de los textos

Extracto del prólogo

Prólogo

Habitar en el espacio y en el tiempo

“Para mí cualquier tipo de arquitectura, sea cual fuere su función, es una casa. Solo proyecto casas, no arquitectura. Las casas son sencillas. Siempre mantienen una relación interesante con la verdadera existencia, con la vida”, confiesa el arquitecto Wang Shu, el ganador del premio Pritzker de 2012. Estoy en general de acuerdo con mi colega chino. La casa es un escenario concreto, íntimo y único de la vida de cada uno, mientras que una noción más amplia de la arquitectura implica generalización, distancia y abstracción.

El acto de habitar revela los orígenes ontológicos de la arquitectura, y de ahí que afecte a las dimensiones primigenias de la vida en el tiempo y el espacio, al tiempo que convierte al espacio insustancial en espacio personal, en lugar y, en última instancia, en el domicilio propio. El acto de habitar es el medio fundamental en que uno se relaciona con el mundo. Es fundamentalmente un intercambio y una extensión; por un lado, el habitante se sitúa en el espacio y el espacio se sitúa en la conciencia del habitante, y, por otro, ese lugar se convierte en una exteriorización y una extensión de su ser, tanto desde el punto de vista mental como físico.

El habitar supone tanto un acontecimiento y una cualidad mental y experiencial como un escenario material, funcional y técnico. La noción de hogar se extiende mucho más allá de su esencia física y sus límites. Además de las cuestiones prácticas de la vivienda, el propio acto de habitar es un acto simbólico e, imperceptiblemente, organiza todo el mundo para el habitante. Además de nuestras necesidades físicas y corporales, también deben organizarse y habitarse nuestras mentes, recuerdos, sueños y deseos. Habitar forma parte de la propia esencia de nuestro ser y de nuestra identidad.

No obstante, en mi opinión la arquitectura tiene dos orígenes diferenciados; además del habitar, la arquitectura surge de la celebración. Lo primero constituye el medio para definir el domicilio propio en el mundo; lo segundo es la celebración, veneración y elevación de actividades sociales, creencias e ideales específicos. Este segundo origen de la arquitectura da lugar a las instituciones sociales, culturales, religiosas y mitológicas. Como sostuvo Ludwig Wittgenstein: “La arquitectura eterniza y sublima siempre algo. Por eso no puede haber arquitectura donde no hay nada que sublimar”.

Podemos pensar también que la casa celebra el acto de habitar al conectarla de un modo intencionado con las realidades del mundo. Los numerosos y especializados cometidos y funciones de los edificios de la vida contemporánea son funcionalizaciones avanzadas de los actos de habitar originales, tanto de la vivienda particular como de la celebración. En ese constante proceso de especialización, la arquitectura se ha distanciado cada vez más de los contenidos míticos originales del edificio y se ha vaciado de todo significado mental profundo; solo queda el deseo de estetización. En el mundo obscenamente materialista de hoy la esencia poética de la arquitectura está amenazada simultáneamente por dos procesos opuestos: la funcionalización y la estetización.

El habitar se entiende habitualmente en relación con el espacio, como una forma de domesticar o controlar el espacio; sin embargo, también necesitamos domesticar el tiempo, reducir de escala la eternidad para hacerla comprensible. Somos incapaces de vivir en el caos espacial, pero tampoco podemos vivir fuera del transcurso del tiempo y de la duración. Ambas dimensiones necesitan articularse y dotarse de significados específicos. El tiempo también debe reducirse de escala hasta las dimensiones humanas y concretizarse como una duración continua. Las ciudades y los edificios antiguos son acogedores y estimulantes, puesto que nos ubican en el continuum del tiempo; se trata de amables museos del tiempo que registran, almacenan y muestran las huellas de un momento diferente a nuestro sentido del tiempo contemporáneo nervioso, apresurado y plano; proyectan un tiempo “lento”, “grueso” y “táctil”. La modernidad ha acometido de manera prioritaria el espacio y la forma, mientras que ha despreciado el tiempo como cualidad indispensable de nuestras viviendas. [...]

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Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL