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Delirio de Nueva York

Rem Koolhaas

16 x 23 cm
320 páginas
ISBN: 9788425219665
Rústica
2012 (1a edición , 7a tirada)

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Índice de contenidos:


Introducción

Prehistoria

Coney Island: la tecnología de lo fantástico

La doble vida de la utopía: el rascacielos
         La frontera en el cielo
         Los teóricos del rascacielos
         Las vidas de una manzana: el hotel Waldorf-Astoria y el edificio Empire State
         Inestabilidad definitiva: el Downtown Athletic Club

Qué perfecta puede ser la perfección: la creación del Rockefeller Center
         El talento de Raymond Hood
         Todos los Rockefeller Centers
         Radio City Music Hall: la diversión nunca acaba
          El Kremlin en la Quinta Avenida
         Dos posdatas

¡Europeos, cuidado! Dalí y Le Corbusier conquistan Nueva York

Post mórtem

Apéndice: una conclusión ficticia
         La ‘Ciudad del globo cautivo’ (1972)
         Hotel Esfinge (1975-1976)
          La nueva Welfare Island (1975-1976)
         Hotel Welfare Palace (1976)
         El cuento de la piscina (1977)

Notas
Agradecimientos
Créditos
MANIFIESTO
¿Cómo escribir un manifiesto —sobre una forma de urbanismo para el último cuarto del siglo XX— en una época hastiada de ellos?
La funesta debilidad de los manifiestos es su inherente falta de pruebas.
El problema de Manhattan es todo lo contrario: es una montaña de pruebas sin manifiesto.
Este libro se concibió en la intersección de estas dos observaciones: se trata de un manifiesto retroactivo para Manhattan.
Manhattan es la piedra Roseta del siglo XX.
No sólo buena parte de su superficie está ocupada por mutaciones arquitectónicas (Central Park o los rascacielos), fragmentos utópicos (el Rockefeller Center o el edificio de la ONU) y fenómenos irracionales (el Radio City Music Hall), sino que además cada manzana está cubierta con varios estratos de arquitectura fantasma en forma de antiguos ocupantes, proyectos abortados y fantasías populares, que proporcionan imágenes alternativas a la Nueva York que existe.
Especialmente entre 1890 y 1940, una nueva cultura (¿la “era de la máquina”?) eligió como laboratorio Manhattan: una isla mítica donde la invención y la puesta a prueba de un modo de vida metropolitano y su consiguiente arquitectura podían aplicarse como un experimento colectivo en el que la ciudad entera se convertía en una fábrica de experiencia artificial, donde lo real y lo natural dejaban de existir. Este libro es una interpretación de ese Manhattan que confiere a sus episodios aparentemente discontinuos, incluso irreconciliables, cierto grado de consistencia y coherencia; una interpretación que pretende reconocer Manhattan como el producto de una teoría no formulada, el manhattanismo, cuyo programa (existir en un mundo totalmente inventado por el hombre, es decir, vivir dentro de la fantasía) era tan ambicioso que, para hacerse realidad, nunca podía enunciarse abiertamente.

ÉXTASIS
Si Manhattan todavía está buscando una teoría, esta teoría, una vez identificada, debería aportar la fórmula de una arquitectura que sea al mismo tiempo ambiciosa y popular.
Manhattan ha generado una arquitectura desinhibida a la que se ha amado de manera directamente proporcional a su desafiante falta de aversión por sí misma, y a la que se ha respetado exactamente en la medida en que ha ido demasiado lejos.
Manhattan ha inspirado sistemáticamente en sus espectadores un éxtasis ante la arquitectura.
Pese a ello —o tal vez debido a ello—, sus prestaciones y sus implicaciones han sido sistemáticamente desatendidas e incluso ocultadas por la profesión arquitectónica.

DENSIDAD
El manhattanismo es la única ideología urbanística que se ha alimentado, desde su concepción, de los esplendores y las miserias de la condición metropolitana (la hiperdensidad) sin perder ni una sola vez su fe en ella como fundamento de una deseable cultura moderna. La arquitectura de Manhattan es un paradigma para la explotación de la congestión.
La formulación retroactiva del programa de Manhattan es una operación polémica.
Tal formulación revela varias estrategias, teoremas y adelantos que no sólo proporcionan una lógica y un modelo al rendimiento de la ciudad en el pasado, sino que su continua validez es en sí misma un argumento en favor del segundo advenimiento del manhattanismo, esta vez como una doctrina explícita que puede superar los límites de la isla donde tuvo su origen para reivindicar un puesto entre los urbanismos contemporáneos.
Con Manhattan como ejemplo, este libro es un plan para una "cultura de la congestión".

PLAN
Un plan no predice las fisuras que se producirán en el futuro, sino que describe un estado ideal al que sólo podemos aproximarnos.
Del mismo modo, este libro describe un Manhattan teórico, un Manhattan como conjetura, del que la ciudad actual es una realización imperfecta y de compromiso. De todos los episodios del urbanismo de
Manhattan, este libro aísla tan sólo esos momentos en los que el plan resulta más visible y más convincente; debería leerse —e inevitablemente se leerá— en contraste con el torrente de análisis negativos que emanan de Manhattan sobre sí mismo y que lo han consagrado decididamente como la capital de la crisis perpetua.
Sólo mediante la reconstrucción especulativa de un Manhattan perfecto pueden interpretarse sus monumentales éxitos y fracasos.

BLOQUES
En cuanto a su estructura, este libro es un simulacro de la retícula de Manhattan: una colección de manzanas o bloques cuya proximidad y yuxtaposición refuerzan sus significados dispares.
Los primeros cuatro bloques ("Coney Island", "El rascacielos", "El Rockefeller Center" y "Los europeos") describen las permutaciones del manhattanismo como una doctrina tácita más que explícita. Estos bloques muestran el avance (y el subsiguiente declive) de esa determinación de Manhattan de llevar su territorio tan lejos de lo natural como fuese humanamente posible.
El quinto bloque (el apéndice) es una secuencia de proyectos arquitectónicos que solidifica el manhattanismo en una doctrina explícita y que resuelve su transición desde una producción arquitectónica inconsciente hasta una fase consciente.

NEGRO
Las estrellas de cine que han llevado una vida llena de aventuras son a menudo demasiado egocéntricas como para descubrir pautas, demasiado incapaces de expresar intenciones, demasiado impacientes para anotar o recordar acontecimientos. Los “negros”, escritores en la sombra, lo hacen por ellos.
Del mismo modo, yo he sido el negro de Manhattan.
(Con la complicación añadida —como se verá— de que mi fuente y mi tema cayeron en una senilidad prematura antes de que su “vida” estuviese completa. Por eso tuve que aportar mi propio final).